CULTURA

7 de junio, día del periodista

SALTA (Ricardo Mena- Martínez Castro) – Desde mi nacimiento sorbí como leche materna – ¡perdón, mamá! – la tinta de la imprenta, como un “trastorno de familia”. Integro la ter­cera generación de un linaje de quienes habían abrazado una profesión de formadores e informadores en Salta, en la República Argentina, desde los fines del siglo XIX.

Este apostolado –“entrega en pro de alguna causa o doctrina”, se­gún el diccionario de la RAE-  me germinó desde chico. El único res­ponsable de haberme inclinado a esta misión fue mi padre, a quien le reconozco y admiro. En él lo vislumbro como un guerrero, un conductor por su formación moral e inflexibilidad demostrada en defensa de sus ideales durante los avatares de la vida como informador –pese a sufrir persecuciones y detenciones por quienes pretendieron coartar su inde­pendencia por defender la libertad de pensamiento, expresión y la de prensa, tras tener que afrontar censuras dispuestas tanto por gobiernos que se auto titularon como democráticos como los autoritarios. Ni a unos ni otros les fue posible doblegarlo o corromperlo. Reconozco, pero no me arrepiento, que fue él quien me hizo “cumplir con el servicio militar dentro de la redacción del diario “El Intransigente”, matutino donde desde sus veinticuatro años de edad ocupó las funciones de subdirector y por espacio de aproximadamente sesenta años.

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Los sábados, domingo o días feriados, me llevaba al “Intran” –como popularmente se conocía- aprovechando que se trataban de jorna­das que se definían por el poco trajín periodístico. Allí comencé a cono­cer a mis futuros “maestros” y, donde era malcriado por el personal tanto de la redacción como del taller.

Mi impulso rebelde, muy propio de los adolescentes y justificado por el ambiente que me rodeaba, comencé redactando algunos artículos para el Boletín de “El Intransigente” que se imprimía en mimeógrafo y de circulación clandestina. Estas experiencias fueron mis primeras armas en este oficio que pasó a ser una pasión a partir de 1955, año que me in­corporé al periodismo activo al haber dispuesto el gobierno nacional de­jar sin efecto la clausura del diario y David Michel Torino volcar todos sus esfuerzos para la pronta reaparición del matutino.

El equipo de Redacción estaba conformado, en su generalidad, por hombres de letras que transmitían a la prosa periodística su estilo particular. Eran hombres que en el campo intelectual eran destacados poetas, escritores y políticos.

Por aquella época el trabajador de prensa tenía como meta: infor­mar e ilustrar; escribir con la cabeza y no con el corazón; con la verdad y no con la pasión; volcaba sus ideas en la máquina de escribir y no –como tiempos actuales- y no sujetos a intereses que demandan los talonarios de publicidad. La conducta del periodista era inquebrantable y sin lison­jas hacia los funcionarios de turno.

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En ese ambiente abracé esa pasión por el bien público y profe­sar esa religión por la libertad

No existían por aquel entonces ni los bolígrafos ni los grabadores; las informaciones nacionales y extranjeras se las recibía por telégrafo, al igual que el Ferrocarril y el Correo. Para escribir se utilizaba lápices de grafito, en razón que la lapicera a tinta manchaba los prolijos anotado­res que se armaban con retazos de papel de bobinas destinadas para la impresión de los diarios. Pese a la precariedad con que trabajaba la gente de prensa reflejaban fehacientemente las notas en el periódico y no re­cuerdo desmentidas o aclaraciones por parte de los entrevistados como las son en momentos actuales. Especialmente los funcionarios pese a estar frente a grabadores y cámaras filmadoras es común sus deslices que pretenden salvarlos con: “El periodismo a tergiversado mis palabras”, entre otras cosas.

Otros tiempos y otra gente. La Argentina padece desde hace muchos años una crisis moral y ética, muy difícil de restaurar.

Ricardo Mena- Martínez Castro

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